El título de hoy, sin duda podría confundir a más de un lector e incluso desacreditar a este humilde servidor quien tiene la osadía de dirigirse a uds. periódicamente a través de este blog. Felizmente, no es un caso para la fruiciòn detectivesca, el que hoy nos ocupa. No debemos sin embargo desdeñar los valiosos instrumentos que con perspicaz agudeza suelen emplear los profesionales de la investigación policial, en la dilucidación de los casos más oscuros y difíciles de resolver. Pero el artículo de hoy no es de la gravedad que pareciera ser.
La primera vez que canté en un coro tenía apenas siete años. Una selección de voces, que las maestras de primer grado organizaron, con ocasión de alguna de las tantas festividades que celebrábamos a lo largo del año, y de la cual no logro acordarme. En esta primera experiencia musical el reto consistía en cantar una pequeña canción al unísono, teniendo presente para ello, y muy en especial, algunas pautas elementales que todo coro infantil bien nacido exige: por ejemplo, no poner cabe al “compañerito” en la salida al escenario, no pegar chicle en la cabeza del “compañerito” de adelante, mientras estábamos actuando, “jamás” reírse de la gestica de la miss que dirigía al coro, etc. Superados estos inconvenientes, por no llamarlos “abusos de autoridad”, nos hallábamos más que listos para debutar, dueños de la situación y con la imaginación como dueña nuestra.
Lo que jamás imaginé, y esto lo volvería a comprobar años más tarde, es que muchos de mis compañeros si bien no se atrevían a saltar las normas establecidas y anteriormente descritas, tampoco atinaban, ni por atrevimiento, a cantar siquiera una parte de la melodía, tal y como se nos había enseñado. Habían también, quienes acertaban en el inicio, pero oscilaban en la afinación, hasta que sin remedio alguno, se perdían del todo antes de llegar al final. Otro grupo era el de los desmemoriados, no culminaban el aprendizaje, ni de la melodía ni de la letra. Y un mínimo de los seleccionados comandábamos, si es que vale el término, la nave cuasi naufraga, de intrépidos infantes. No faltaba sin embargo, dentro de esta última élite y en la que me incluyo, uno que otro descalabro. Cantábamos notas que creíamos correctas, pero que claramente hacían disonar nuestro dúo con el piano del maestro Robles. Algo anduvo mal definitivamente, por aquellos tiempos de “avezada” iniciación en el canto…
Cuando la música va de la mano con el trabajo puede ocurrir que este también vaya en detrimento de la primera. La exigencia en los tiempos y horarios del mundo de hoy difícilmente nos permiten dedicarnos a más de una actividad, con la debida eficacia. Por otro lado, la opción por la música no es de una razonable rentabilidad por la cual se pueda tener como actividad exclusiva. Todo ello juega un papel importante en el crecimiento del músico como tal, quien como todo profesional está obligado a una perenne actualización. Mi comentario viene apropósito de lo narrado anteriormente como una simple anécdota de la niñez pero que hoy día sin embargo vuelve a repetirse, en situaciones parecidas, mas ahora, con un color menos risueño que el de antaño.
Suele ocurrir, por ejemplo, en la lectura musical, que no siempre se acierte en todas las notas, a la hora de entonarlas. Estos fallos pueden deberse a una mala praxis en el solfeo, o también por la fijación de una nota errada que se ha venido cantando teniendola por correcta, o quiza por problemas en la resolución de la tesitura vocal etc. En todo caso más allá de las causas de estos desaciertos, aquella nota que creemos correcta y entonamos erróneamente, se conoce, como nota falsa. Y si de esclarecer un caso de nota falsa se trata, lejos de necesitar la perspicacia indagatoria, de los servidores de la ley, descrita al inicio del artículo, hemos de recurrir, en cambio, a una gran fineza auditiva.
Para descubrir, por ejemplo, en un sonido de conjunto, dentro de una agrupación coral más o menos numerosa la procedencia de una nota falsa, hace falta una experiencia bastante amplia, así como un oído armónico altamente desarrollado y formado en la práctica académica. El director coral, encargado de hacer las debidas correcciones, ha de tener la capacidad de señalar cual es la nota válida y cual la que por error se está emitiendo, además de identificar a quien la emite.
Tal vez podamos dejar la “avidez policíaca” para los casos de “inconducta” infantil referidos líneas arriba. Pero no abandonemos nunca la búsqueda de la excelencia musical como premisa de todo buen y bien llamado músico.
Espero que esta nota se haya ganado el favor de los lectores y le otorguen la debida credibilidad. Por la autenticidad del contenido y por la búsqueda implacable de la nota falsa. Hasta pronto.
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