Existe una «cierta participación especial» del hombre y de la mujer en la «obra creadora» de Dios; pues la concepción de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente religioso, porque implica a los cónyuges que forman «una sola carne» (Gn 2, 24) y también a Dios mismo que se hace presente. Cuando de la unión conyugal de los dos nace un nuevo hombre, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la persona.
Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios en la concepción y creación de un nuevo ser humano, no sólo en el aspecto biológico; sino más bien que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra creación suya "sobre la tierra". En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella "imagen y semejanza", propia del ser humano, como sucedió en la creación. La concepción es, por consiguiente, la continuación de la creación».