SAN FRANCISCO DE SALES, OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA
«En aquel tiempo, Jesús subió a la montaña, llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó a Doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios» Mc 3,13-14.
Oración inicial
Santo Espíritu de Dios, Amor del Padre y del Hijo, ilumínanos con tus dones para que podamos comprender los tesoros de la sabiduría que Jesús nos quiere revelar en este día.
Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Ave María Purísima, sin pecado concebida.
- Lectura
Lectura del santo evangelio según san Marcos 3,13-19
En aquel tiempo, Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con Él. E instituyó a Doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios: Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, los hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que lo entregó.
Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
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«Piensa en el amor con el que Jesucristo, Nuestro Señor, tanto sufrió en este mundo, de modo particular en el huerto de los Olivos y en el monte Calvario: ¡ese amor te miraba a ti! ¡Dios mío, con qué profundidad deberíamos imprimir en nosotros todo esto! ¿Acaso es posible que yo haya sido amado con tanta dulzura por el Salvador, hasta el punto de que Él haya pensado en mí personalmente, incluso en todas las pequeñas circunstancias a través de las cuales me ha atraído a Él? Es verdaderamente maravilloso: el corazón repleto de amor de mi Dios pensaba en mí, me amaba y me procuraba mil medios de salvación, como si no hubiera tenido otra persona en el mundo en la que pensar. Pero ¿cuándo empezó a amarte? Desde que empezó a ser Dios, es decir, desde siempre…» (San Francisco de Sales).
Hoy celebramos a San Francisco de Sales. Nació en Thorans, un pueblecito de Saboya en 1567, en el castillo de Sales. Educado en las virtudes cristianas por su madre, estudió, primero con los jesuitas de París y, después, en Padua, donde se licenció en Derecho.
Contrariamente a las expectativas de su padre, que soñaba con que fuera abogado y senador, abrazó el estado eclesiástico y se dedicó a la evangelización de la región de Chablais. Tras ser nombrado obispo de Ginebra, vivió en Annecy, donde, además de una iluminada acción pastoral y de la dirección espiritual de muchas almas, escribió, entre otras, la obra “Filotea” y también “Teótimo” o “Tratado sobre el amor de Dios”, convirtiéndose en uno de los grandes maestros de la espiritualidad cristiana. Con santa Juana de Chantal fundó la Visitación. Murió en 1622, fue beatificado por el Papa Alejandro VII en el 1661, y el mismo Papa lo canonizó en el 1665. En 1878 el Papa Pío IX lo declaró «Doctor de la Iglesia».
El pasaje evangélico de hoy también se ubica en Mateo 10,1-4, y en Lucas 6,12-16. En la lectura, Jesús llama a los Doce para una doble misión: la primera, formar su comunidad, la Comunidad de Jesús y la Iglesia compartiendo con Él su vida. La segunda, para llevar una vida orante, proclamar el evangelio, curar enfermos y luchar contra el poder del mal. Con la elección de los doce, Jesús prepara los guías y pilares del futuro pueblo de Dios. El número doce evoca la constitución del pueblo de Israel con las doce tribus y los doce patriarcas. A los doce los llamó apóstoles, que significa en griego “enviados”.
Los apóstoles eran hombres simples, gente de alma abierta, decididos y tímidos al mismo tiempo. No eran ricos, ni famosos, ni ilustrados; la mayoría de ellos carecía de educación. Eran pescadores, pastores, recaudadores de impuestos, había un adolescente (Juan), algunos eran mayores; unos solteros, otros casados. Eran doce diamantes en bruto; sin embargo, hubo entre ellos un traidor, Judas Iscariote.
- Meditación
Queridos hermanos: ¿cuál es el mensaje que Jesús nos transmite a través de su Palabra?
Nuestro Señor Jesucristo nos da una muestra de que las decisiones trascendentes deben estar precedidas por la oración, en un espacio íntimo de encuentro con la Santísima Trinidad.
«Jesús subió al monte, llamó a los que quiso» (Mc 3,13). Esta elección no se basa en méritos, sino en el amor gratuito de Dios. Al contemplar este pasaje, descubrimos que también somos llamados por nuestro nombre, elegidos no por nuestras virtudes, sino por la infinita misericordia divina. Los Doce no eran hombres perfectos: Pedro negaría a Jesús, Judas lo traicionaría. Sin embargo, todos fueron enviados a proclamar el Reino. Este misterio nos llena de esperanza: Dios no llama a los preparados, sino que prepara a los llamados.
En un mundo donde el valor de la persona se mide por sus logros, este texto nos invita a redescubrir nuestra identidad como hijos amados de Dios. Ser apóstoles hoy significa ser testigos del Evangelio en nuestro entorno: en el hogar, en el trabajo, en la comunidad. Como San Francisco de Sales enseñó, la santidad está al alcance de todos, incluso en las tareas más ordinarias. «No temas la pequeñez, porque el amor hace grandes las cosas pequeñas».
¡Jesús, María y José nos aman!
- Oración
Oh, Dios, tú que has querido que el santo obispo Francisco de Sales se hiciera todo para todos por la salvación de las almas, concédenos, en tu bondad, a ejemplo suyo, manifestar siempre la dulzura de tu amor en el servicio a los hermanos.
Amado Jesús, te pedimos por el Santo Padre, por los obispos, sacerdotes, diáconos y consagrados, laicos y misioneros; fortalécelos con tu Santo Espíritu para que lleven tu Palabra y ejemplo a todos los confines de la tierra.
Amado Jesús, modelo de la caridad pastoral para todos los tiempos, concédenos la gracia de contemplar el misterio de amor de tu entrega con absoluta gratuidad por la salvación de la humanidad.
Espíritu Santo: libéranos de todas las ataduras del pecado y danos la fortaleza para ser apóstoles de Nuestro Señor Jesucristo.
Amado Jesús, concede a los difuntos de todo tiempo y lugar tu misericordia para que lleguen al cielo, y protege, del enemigo, a las almas de las personas agonizantes.
Madre Santísima, Madre de la Divina Gracia, intercede ante la Santísima Trinidad por nuestras peticiones. Amén.
- Contemplación y acción
Imaginemos a Jesús en la montaña, con una mirada llena de amor que elige, llama y envía. Este llamado no es solo para los Doce, sino también para nosotros. En el silencio, escuchemos su voz: «Ven, sígueme». Este seguimiento implica salir de nuestra comodidad y vivir con radicalidad el Evangelio. Podemos comenzar con gestos sencillos: dedicar más tiempo a la oración, servir con amor en nuestra familia, ser compasivos con quienes nos rodean. Como San Francisco de Sales, aprendamos a encontrar a Dios en lo cotidiano, recordando que la santidad se vive en el presente. Dejemos que el llamado de Jesús transforme nuestro corazón, para que podamos proclamar, con nuestra vida, que el Reino de Dios está cerca.
Hermanos: contemplemos a Nuestro Señor Jesucristo con un escrito de San Agustín:
«Los primeros apóstoles, carneros bienaventurados del rebaño santo, vieron al mismo Señor Jesús pendiente de la cruz, lloraron su muerte, se asustaron de su resurrección, lo amaron hecho poderoso y ellos mismos derramaron su propia sangre por la sangre que vieron. Pensad, hermanos, en lo que significa que unos hombres sean enviados por el orbe de la tierra a predicar que un hombre muerto resucitó y que ascendió al cielo, y que por esta predicación hayan sufrido cuanto la locura del mundo les ha infligido: privaciones, destierros, cadenas, tormentos, fuego, bestias, cruz y muertes. ¿Y esto lo sufrían por no sé qué cosa? ¿Acaso, hermanos míos, moría Pedro por su gloria o se predicaba a sí mismo?
Moría uno para que otro fuese honrado; se entregaba a la muerte uno para que otro fuese adorado. ¿Haría esto, acaso, si no estuviese a la raíz la fragancia de la caridad y la conciencia de la verdad? Habían visto lo que anunciaban; en efecto, ¿cuándo estarían dispuestos a morir por algo que no hubieran visto? Se les obligaba a negar lo que habían visto, mas no lo negaron: predicaban la muerte de quien sabían que estaba vivo. Sabían por qué vida despreciaban la vida; sabían por qué felicidad soportaban una infelicidad transitoria, por qué premios despreciaban estos males. Su fe no admite ponerse en la balanza con el mundo entero. Habían escuchado: ¿De qué sirve al hombre ganar todo el mundo si a cambio sufre detrimento en su alma?1 Los encantos del mundo no retrasaron su veloz carrera, ni los bienes pasajeros a quienes emigraban a otro lugar; sea cuanta sea y por deslumbrante que sea esta felicidad, hay que dejarla aquí, no puede ser traspasada a la otra vida; llegará el momento en que también los ahora vivos han de dejarla aquí».
¡El amor todo lo puede! Amemos, que el amor glorifica a Dios.
Oración final
Gracias Señor Jesús porque tu Palabra nos conduce por caminos de paz, amor y santidad.
Espíritu Santo ilumínanos para que la Palabra se convierta en acción. Dios glorioso, escucha nuestra oración, bendito seas por los siglos de los siglos.
Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Amén.