«¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, enseñada con autoridad! Manda incluso a los espíritus inmundos y lo obedecen» Mc 1,27.
Oración inicial
Santo Espíritu de Dios, Amor del Padre y del Hijo, ilumínanos con tus dones para que podamos comprender los tesoros de la sabiduría que Jesús nos quiere revelar en este día.
Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Ave María Purísima, sin pecado concebida.
- Lectura
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,21-28
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. La gente se asombraba de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él». El espíritu inmundo lo retorció violentamente, y dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, enseñada con autoridad! Manda incluso a los espíritus inmundos y lo obedecen». Su fama se extendió enseguida por todas partes, en toda la región de Galilea.
Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
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Cafarnaún era un pueblo situado al noroeste del mar de Galilea, de donde provenían cinco discípulos de Jesús: Pedro, Simón, Jacobo, Juan y Mateo. Ninguna ciudad de Palestina gozó más de la presencia de Jesús durante su ministerio terrenal como Cafarnaún; sin embargo, fue también la que recibió la condenación más terrible que Él pronunció a excepción de Jerusalén, porque, a pesar de que Jesús hizo muchos milagros y enseñó mucho allí, el pueblo se opuso a Jesús y a su Palabra.
Como era sábado, día de descanso, Jesús fue a la sinagoga a enseñar. Su forma de enseñar era totalmente diferente a la de los escribas, quienes explicaban lo que los grandes maestros del pasado habían dicho sobre la Ley. Eran comentarios de segunda o de tercera mano. En contraste, Jesús exponía el verdadero sentido espiritual de las Escrituras, sin alegar más autoridad que la suya propia. Por esta razón, Jesús causaba admiración entre los que le escuchaban. Su enseñanza era divina y actual, su palabra era buena y poderosa; y su sola presencia aseguraba la victoria del bien sobre el mal.
- Meditación
Queridos hermanos: ¿cuál es el mensaje que Jesús nos transmite a través de su Palabra?
En la actualidad, algunos poderes del mal poseen gran influencia sobre la humanidad: la ideología de género, la búsqueda de la destrucción de la familia, el aborto, la exaltación de las pasiones humanas, la corrupción en la gestión pública y privada, la frivolidad, el consumismo, la búsqueda de honores humanos, el rechazo abierto a Dios, entre muchos otros. Frente a esta realidad, Nuestro Señor Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Él es el único que vence al mal, y es a quien debemos recurrir, no solo para nuestra propia liberación, sino también para ayudar a nuestros hermanos que están alejados de Dios, a acercarse al amor misericordioso de la Santísima Trinidad.
Este texto nos desafía a escuchar la palabra de Jesús no solo como oyentes, sino como quienes se dejan transformar por ella. En un mundo donde tantas voces claman por nuestra atención, ¿permitimos que la voz del Maestro sea la que guíe nuestra vida? ¿Nos dejamos liberar por Él o nos aferramos a nuestras cadenas? La autoridad de Jesús sigue viva en su Iglesia y en los sacramentos; es una invitación a renovar nuestra fe y a testimoniar su poder liberador.
¡Jesús, María y José nos aman!
- Oración
Amado Jesús, ¡fuego ardiente de amor y misericordia!, concédenos la gracia de asombrarnos por todas las obras de amor y misericordia que, día a día, realizas en nuestras vidas.
Espíritu Santo, reaviva la fe de la Iglesia para que, con tu ayuda, rompa las cadenas que aprisionan a la humanidad, y libéranos de las ataduras y males que nos alejan de tu amor.
Amado Jesús, por tu infinita misericordia, libera a las benditas almas del purgatorio y concédeles la dicha de sentarse contigo en el banquete celestial; y a las personas agonizantes, concédeles el perdón y la paz interior para que lleguen directamente al cielo.
Madre Santísima, Madre de la Divina Gracia, intercede ante la Santísima Trinidad por nuestras peticiones. Amén.
- Contemplación y acción
Jesús entra en la sinagoga de Cafarnaún con la firmeza de quien sabe que su misión es traer luz a las tinieblas. En nuestra contemplación, imaginemos su presencia, su voz poderosa y serena que ordena al espíritu inmundo salir. ¿No es también así en nuestra vida? Sí, cada vez que permitimos que su palabra toque nuestro corazón, algo dentro de nosotros cambia: el miedo retrocede, la esperanza crece, la fe se fortalece.
Propongámonos esta semana a buscar momentos de silencio para escuchar la voz de Jesús en la oración y en la lectura del Evangelio. Si hay una situación de pecado o angustia que nos ata, llevémosla a la confesión, donde la autoridad de Jesús sigue liberando. Que cada uno de nuestros actos sea un eco de su voz, un testimonio de que el mal no tiene la última palabra. Dejemos que su luz transforme nuestras tinieblas.
Hermanos: contemplemos a Dios con una homilía del papa Francisco:
«El Evangelio de hoy recoge el asombro de la gente porque Jesús enseñaba con autoridad y no como los escribas: eran las autoridades del pueblo, pero lo que enseñaban no entraba en el corazón, mientras que Jesús tenía una autoridad real: no era un seductor, enseñaba la Ley hasta el último punto, enseñaba la verdad, pero con autoridad.
Hay tres características que diferencian la autoridad de Jesús de la de los doctores de la Ley. Mientras que Jesús enseñaba con humildad y dice a sus discípulos que el más grande sea como el que sirve, y se haga el más pequeño, los fariseos se sentían príncipes. Jesús servía a la gente, explicaba las cosas para que la gente entendiese bien: estaba al servicio de la gente. Tenía una actitud de servidor, y eso le daba autoridad. En cambio, los doctores de la ley a quienes la gente escuchaba y respetaba, pero no sentía que tuviesen autoridad sobre ellos, porque tenían psicología de príncipes: Nosotros somos los maestros, los príncipes, y os enseñamos a vosotros. No servicio: nosotros mandamos y vosotros obedecéis. Jesús nunca se hizo pasar por príncipe: siempre era el servidor de todos y eso es lo que le daba autoridad.
Estar cerca de la gente confiere autoridad. La cercanía es la segunda característica que diferencia la autoridad de Jesús de la de los fariseos. Jesús no tenía alergia a la gente: tocar a los leprosos o a los enfermos no le daba asco, mientras que los fariseos despreciaban a la pobre gente, ignorante, y les gustaba pasearse por las plazas bien vestidos. Estaban distanciados de la gente, no estaban cerca; Jesús era cercanísimo a la gente, y eso le daba autoridad. Los separados, esos doctores, tenían una psicología clerical: enseñaban con una autoridad clerical, es decir, con clericalismo. A mí me gusta mucho cuando leo la cercanía a la gente que tenía el Beato Pablo VI; en el número 48 de la Evangelii Nuntiandi se ve el corazón del pastor cercano: ahí está la autoridad de aquel Papa, en la cercanía.
Pero hay un tercer punto que diferencia la autoridad de los escribas de la de Jesús, y es la coherencia. Jesús vivía lo que predicaba, había unidad y armonía entre lo que pensaba, decía y hacía. Quien se siente príncipe tiene una actitud clerical, hipócrita: dice una cosa y hace otra. Esa gente no era coherente y su personalidad estaba dividida hasta el punto de que Jesús aconseja a sus discípulos: Haced lo que os dicen, pero no lo que hacen, porque dicen una cosa y hacen otra. Eran incoherentes, y el adjetivo que tantas veces Jesús les dice es hipócritas. Y se entiende que uno que se siente príncipe, que tiene una actitud clerical, que es un hipócrita, ¡no tenga autoridad! Dirá las verdades, pero sin autoridad. En cambio, Jesús, que es humilde, que está al servicio, que es cercano, que no desprecia a la gente y que es coherente, tiene autoridad. Y esa es la autoridad que nota el pueblo de Dios.
Si recordamos la parábola del Buen Samaritano, ante el hombre abandonado por los ladrones medio muerto, pasa el sacerdote y se va quizá porque había sangre y piensa que si lo toca quedaría impuro; pasa el levita y creo que pensaría que si se mezclaba en aquello luego tendría que ir al tribunal a declarar, y tenía muchas cosas que hacer. También se va. Al final viene el samaritano, un pecador que, en cambio, tiene piedad. Pero hay otro personaje, el posadero, que se queda asombrado no por el asalto de los ladrones, que era algo que pasaba por aquel camino, ni por el comportamiento del sacerdote y del levita, porque los conocía, sino por el del samaritano. El asombro del posadero ante el samaritano: Pero está loco, no es judío, es un pecador, podía pensar. Pues así es el asombro de la gente del Evangelio de hoy ante la autoridad de Jesús: una autoridad humilde, de servicio, una autoridad cercana a la gente y coherente».
¡El amor todo lo puede! Amemos, que el amor glorifica a Dios.
Oración final
Gracias Señor Jesús porque tu Palabra nos conduce por caminos de paz, amor y santidad.
Espíritu Santo ilumínanos para que la Palabra se convierta en acción. Dios glorioso, escucha nuestra oración, bendito seas por los siglos de los siglos.
Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Amén.