LECTIO DIVINA DEL JUEVES DE LA SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

«Quiero; queda limpio» Mc 1,41.

Oración inicial

Santo Espíritu de Dios, Amor del Padre y del Hijo, ilumínanos con tus dones para que podamos comprender los tesoros de la sabiduría que Jesús nos quiere revelar en este día.

Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Ave María Purísima, sin pecado concebida.

  1. Lectura

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús sintió compasión, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero; queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Jesús lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». Pero cuando se fue, se puso a pregonarlo y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba afuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.

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«¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo… Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor» (Salmo 115).

El pasaje evangélico de hoy, denominado “Jesús sana a un leproso”, se ubica también en Lucas 5,12-16, y en Mateo 8,1-4. En aquella época, a un leproso se le trataba como a un «muerto viviente», porque, además de sufrir la tristeza de una enfermedad incurable, era marginado, despreciado y condenado a estar lejos de los demás y de Dios; es decir, lejos de la vida. Esto estaba establecido, incluso en la Ley, como se puede apreciar en los capítulos 13 y 14 del Levítico y en Lev 5,2, así como en el libro de los Números 5,2. De esta manera, se buscaba garantizar la salud y la pureza del pueblo. El leproso era considerado como un “herido por Dios”.

Acercarse a un leproso y tocarlo implicaba desafiar las normas religiosas y arriesgarse a la contaminación. En este contexto, Jesús, movido por la compasión, no solo sana al leproso, sino que también lo reintegra a la comunidad, manifestando que el Reino de Dios trasciende las barreras impuestas por el pecado y la enfermedad. Esta acción revela el poder sanador y restaurador de Cristo, que no teme involucrarse en la fragilidad humana.

  1. Meditación

Queridos hermanos: ¿cuál es el mensaje que Jesús nos transmite a través de su Palabra?

El ruego humilde del leproso, «Si quieres, puedes limpiarme», es la oración de todo aquel que es consciente de la necesidad de ser sanado y que deja todo a la soberana decisión y voluntad de Nuestro Salvador. La respuesta de Jesús: «Quiero; queda limpio», es un eco del amor incondicional de Dios, que siempre está dispuesto a sanar y restaurar. Su toque no solo sana el cuerpo, sino también el alma, rompiendo las cadenas de la soledad y el aislamiento. Así, Él llena a la humanidad de esperanza, mostrándose compasivo y misericordioso con todos, de manera incesante, a través de una inmensidad de corazones que están entregadas a la tarea apasionante de amar al prójimo, en los marginados y desposeídos de nuestra sociedad.

Por ello, defendamos la vida frente a los estilos de vida mundanos que ponen al esfuerzo humano por encima de la acción de Dios; basta ver cómo el mundo promueve el aborto, la eutanasia, la ideología de género, la destrucción de la familia, el egoísmo, entre otras conductas.

Este pasaje nos invita a imitar la compasión de Jesús. En un mundo donde muchos sufren la lepra del abandono, la indiferencia o la exclusión, estamos llamados a ser testigos de la misericordia divina. Cada gesto de amor, cada palabra de consuelo, puede ser un toque sanador que refleje el corazón de Cristo. Que este encuentro entre el leproso y Jesús inspire en nosotros un deseo profundo de conversión y un compromiso renovado de ser instrumentos de su gracia.

¡Jesús, María y José nos aman!

  1. Oración

Amado Jesús, tú que eres compasivo y misericordioso, concédenos un corazón obediente y agradecido contigo, con Dios Padre y con Dios Espíritu Santo, para que seamos testigos y demos testimonio sincero de tu compasión y misericordia.

Espíritu Santo: otórganos la sabiduría, el discernimiento y la fe para mantenernos alejados de las tentaciones de desobediencia y desagradecimiento a Nuestro Señor Jesucristo.

Amado Jesús, dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Madre Santísima, Reina de los ángeles, intercede ante la Santísima Trinidad por nuestras peticiones. Amén.

  1. Contemplación y acción

Imaginemos la escena: Jesús, lleno de misericordia, extiende su mano y toca al leproso, rompiendo la barrera del miedo y la exclusión. Ese toque no solo sana, sino que devuelve la dignidad perdida. En nuestra contemplación, dejemos que el amor de Cristo toque nuestras propias heridas. Propongámonos ser sus manos en el mundo: consolando a quienes están solos, sirviendo a los marginados y mostrando que nadie está fuera del alcance de su amor.

En lo concreto, podríamos visitar a un enfermo, reconciliarnos con alguien que hemos excluido de nuestra vida o dedicar tiempo a la oración por quienes sufren. Recordemos que, como Jesús, estamos llamados a ser portadores de su compasión, llevando luz a quienes están en las sombras del dolor. Dejemos que su ejemplo nos impulse a vivir con un corazón abierto y generoso, confiando en que cada acto de amor es un reflejo de su Reino.

Hermanos: contemplemos el maravilloso amor de Dios a través un escrito de San Claudio de la Colombière:

«La meditación sobre el amor de Dios me ha impresionado fuertemente considerando los bienes que recibo de Dios desde el primer momento de mi vida, hasta hoy. ¡Cuánta bondad! ¡Cuánto desvelo! ¡Cuánta providencia para el cuerpo y para el alma! ¡Cuánta paciencia! ¡Cuánta dulzura! …

Me parece que Dios me ha hecho penetrar y ver claramente esta verdad: primero, que Él está en todas las criaturas. Segundo, que todo lo que hay de bueno en ellas, es Él. Tercero, que es Él quien nos hace todo el bien que de ellas recibimos.

Lo que es más admirable es que Dios hace esto mismo con todas las personas, aunque nadie piense en ello, sino es alguna alma escogida o alguna alma santa. Es preciso que, al menos yo, piense en ello y sea agradecido.

Dios nos da incesantemente el ser, la vida, las acciones de todo cuanto hay en el universo creado. Esta es su ocupación en la naturaleza; la nuestra debe ser recibir sin cesar todo lo que nos envía de todas partes y devolvérselo con acción de gracias, alabándolo y reconociendo que Él es el autor de todas las cosas. He prometido a Dios hacer cuanto esté de mi parte».

¡El amor todo lo puede! Amemos, que el amor glorifica a Dios.

Oración final

Gracias Señor Jesús porque tu Palabra nos conduce por caminos de paz, amor y santidad.

Espíritu Santo ilumínanos para que la Palabra se convierta en acción. Dios glorioso, escucha nuestra oración, bendito seas por los siglos de los siglos.

Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Amén.