«Dichosos los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios» Lc 6,20.
Oración inicial
Santo Espíritu de Dios, Amor del Padre y del Hijo, ilumínanos con tus dones para que podamos comprender los tesoros de la sabiduría que Jesús nos quiere revelar en este día.
Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Ave María Purísima, sin pecado concebida.
- Lectura
Lectura del santo evangelio según san Lucas 6,17.20-26
En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se detuvo en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados. Dichosos los que ahora lloran, porque reirán. Dichosos ustedes, cuando los hombres los odien, y los excluyan, y los insulten, y desprecien el nombre de ustedes como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas. Pero ¡ay de ustedes, los ricos!, porque ya tienen su consuelo. ¡Ay de ustedes, los que ahora están saciados!, porque tendrán hambre. ¡Ay de los que ahora ríen!, porque harán duelo y llorarán. ¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que hacían sus padres con los falsos profetas».
Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
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«El discurso de Jesús sobre las Bienaventuranzas tiene como objetivo mostrarnos aquello que el Espíritu Santo quiere realizar ahora en nuestra vida mediante su gracia, si es que nosotros correspondemos a la misma con el sí de la fe, con la audacia de la esperanza y la disponibilidad de la caridad. Nos da la garantía. Y es así como este texto se convierte verdaderamente en una palabra de Dios para nosotros, en un grano de trigo listo para producir en nosotros sus frutos» (Servais Pinckaers).
El discurso de las bienaventuranzas tiene dos versiones: en Mateo se encuentra en el “Sermón de la montaña” (Mt 5,1-12) y en Lucas en el “discurso del llano”. Esta última versión es más reducida y tiene una forma doble, ya que a las “bienaventuranzas” les sigue, cuatro “malaventuranzas”.
Las bienaventuranzas de Mateo son ocho. En Lucas, las bienaventuranzas o llamadas a la felicidad se sintetizan en cuatro aspectos de la vida humana: la pobreza, el hambre, el llanto o tristeza y la persecución. La pobreza es una situación contraria al querer de Dios, un estado de vida que es fruto de la injusticia; por tanto, cuando Jesús declara bienaventurados a los pobres, no significa que ellos deben sentirse felices por su situación, sino porque esa pobreza que Dios rechaza tiene que desaparecer con el advenimiento del Reino de Dios, cuya manifestación es la justicia.
Nuestro Señor Jesucristo, para hacer oír el mensaje destinado a la humanidad de todos los tiempos, se subió a un monte y proclamó las bienaventuranzas al aire libre, en los horizontes ilimitados de la naturaleza. Sobre la montaña recibimos la nueva ley de Jesús.
- Meditación
Queridos hermanos: ¿cuál es el mensaje que Jesús nos transmite a través de su Palabra?
«Dichosos los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios» (Lc 6,20). En estas palabras, Jesús pronuncia una bendición radical, donde la verdadera riqueza no se mide en bienes materiales, sino en la dependencia absoluta de Dios. La pobreza, según el evangelio, no es solo material, sino también una actitud del corazón que reconoce la necesidad de la gracia divina. Las bienaventuranzas son una puerta abierta al amor de Dios, pero también son una llamada exigente. No se trata de glorificar el sufrimiento, sino de descubrir en él una ocasión para la esperanza.
Por otro lado, Jesús advierte con dureza: «¡Ay de ustedes, los ricos!, porque ya tienen su consuelo» (Lc 6,24). No condena la riqueza en sí misma, sino la autosuficiencia que cierra el corazón al prójimo y a Dios. Este pasaje nos desafía a examinar dónde ponemos nuestra seguridad: ¿Es Dios el tesoro de nuestro corazón o lo son las posesiones, el poder o el prestigio? La verdadera bienaventuranza consiste en vivir con un corazón pobre, pero lleno de confianza en la promesa del Reino. En una sociedad que idolatra el éxito inmediato, Jesús nos invita a descubrir que la verdadera felicidad está en amar y ser amados por Él, en la promesa de una vida que trasciende lo pasajero.
¡Jesús, María y José nos aman!
- Oración
Oh, Dios, que prometiste permanecer en los rectos y sencillos de corazón, concédenos, por tu gracia, vivir de tal manera que te dignes habitar en nosotros.
Espíritu Santo, luz que penetras las almas, otórganos la claridad para comprender y practicar las bienaventuranzas en nuestras vidas.
Amado Jesús, por tu infinita misericordia, concede a las benditas almas del purgatorio la dicha de sentarse contigo en el banquete celestial; y a las personas moribundas, concédeles el perdón y la paz interior, iluminándolas con la esperanza de la resurrección.
Madre Santísima, Madre del Amor hermoso, intercede ante la Santísima Trinidad por nuestras peticiones. Amén.
- Contemplación y acción
Contemplemos a Jesús en medio de la multitud, su mirada fija en los pobres, los afligidos y los despreciados. Este momento no es solo un discurso, sino la manifestación del Reino de los cielos. Jesús, al proclamar las bienaventuranzas, nos muestra que la lógica divina trasciende la lógica terrenal: los últimos serán los primeros, y los que lloran encontrarán consuelo eterno.
Las bienaventuranzas son la síntesis de la esperanza escatológica y la invitación a vivir esa esperanza en el presente. No se limitan a una recompensa futura, sino que instauran ya la presencia del Reino en el corazón del creyente. Contemplemos cómo la pobreza de espíritu, el llanto y el hambre de justicia nos hacen partícipes de la misma vida de Cristo, quien en la cruz fue pobre, humillado y rechazado, pero glorificado por el Padre. Al abrazar nuestras cruces, participamos en esta dinámica redentora que transforma el sufrimiento en gracia.
En nuestro día a día, preguntémonos: ¿Cómo podemos vivir con mayor desprendimiento, con mayor humildad y generosidad? Propongámonos gestos concretos: ofrecer una ayuda silenciosa a quien lo necesita, consolar al que sufre o renunciar a algo material por el bien de otro. Porque cuando servimos con amor, el Reino ya está entre nosotros, como lo prometió Jesús: «El Reino de Dios está en medio de ustedes» (Lc 17,21).
Hermanos: contemplemos a Nuestro Señor Jesucristo con un texto de San Pablo VI en la Exhortación Apostólica Gaudete in Domino:
«La alegría de estar dentro del amor de Dios comienza ya en la tierra. Es la alegría del Reino de Dios. Pero es una alegría concedida a lo largo de un camino escarpado, que requiere una confianza total en el Padre y en el Hijo, y dar preferencia a las cosas del Reino. El mensaje de Jesús promete ante todo la alegría, una alegría exigente; ¿no se manifiesta con las bienaventuranzas? Dichosos los pobres, porque vuestro el Reino de los cielos. Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Misteriosamente, Cristo mismo, para desarraigar del corazón del hombre el pecado de suficiencia y manifestar al Padre una obediencia filial y completa, acepta morir a manos de los impíos, morir en una cruz… Desde entonces, Jesús vive para siempre en la gloria del Padre, y por eso mismo los discípulos se sintieron arrebatados por una alegría imperecedera al ver al Señor en el día de Pascua.
Se comprende que, mientras estamos en este mundo, la alegría del Reino no brota sino de la celebración conjunta de la muerte y la resurrección del Señor. En esto consiste la paradoja de la condición cristiana y que esclarece de manera eminente la paradoja humana en sí: ni la prueba ni el sufrimiento quedan eliminados del mundo, sino que adquieren un sentido nuevo ante la certidumbre de participar en la redención realizada por el Señor y de compartir su gloria. Por eso, el cristiano, aunque sometido a las dificultades de toda existencia humana, no está abocado a buscar su camino como a tientas ni a ver en la muerte el final de sus esperanzas. Tal como lo anunció el profeta: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras una luz les brilló. Multiplicaste su alborozo, acrecentaste su alegría”».
¡El amor todo lo puede! Amemos, que el amor glorifica a Dios.
Oración final
Gracias Señor Jesús porque tu Palabra nos conduce por caminos de paz, amor y santidad.
Espíritu Santo ilumínanos para que la Palabra se convierta en acción. Dios glorioso, escucha nuestra oración, bendito seas por los siglos de los siglos.
Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Amén.