LECTIO DIVINA DEL DOMINGO DE LA SEMANA III DE CUARESMA – CICLO C

«Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré, a ver si comienza a dar fruto. Y si no da, la cortas”» Lc 13,7-9.

Oración inicial

Santo Espíritu de Dios, Amor del Padre y del Hijo, ilumínanos con tus dones para que podamos comprender los tesoros de la sabiduría que Jesús nos quiere revelar en este día.

Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Ave María Purísima, sin pecado concebida.

  1. Lectura

Lectura del santo evangelio según san Lucas 13,1-9

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús acerca de los galileos cuya sangre Pilato mezcló con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les comentó: «¿Piensan ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Les digo que no; y, si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y, si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera». Y les dijo esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?”. Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré, a ver si comienza a dar fruto. Y si no da, la cortas”».

Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.

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«Pidamos a María santísima, que nos acompaña y nos sostiene en el itinerario cuaresmal, que ayude a todos los cristianos a redescubrir la grandeza, yo diría, la belleza de la conversión. Que nos ayude a comprender que hacer penitencia y corregir la propia conducta no es simple moralismo, sino el camino más eficaz para mejorarse a sí mismo y mejorar la sociedad. Lo expresa muy bien una feliz sentencia: “Es mejor encender una cerilla que maldecir la oscuridad”» (Papa emérito Benedicto XVI).

El pasaje evangélico de hoy tiene dos partes que están íntimamente relacionadas: en la primera, Jesús realiza dos exhortaciones al arrepentimiento; y en la segunda, Jesús narra la parábola de la higuera sin frutos.

En la exhortación al arrepentimiento Jesús señala que no todas las vivencias que tenemos son consecuencia de nuestros pecados; sin embargo, es claro cuando advierte que la consecuencia más grave del pecado es la muerte eterna.

La profundidad espiritual del simbolismo de la parábola de la higuera sin frutos constituye un llamado permanente a la conversión, pero este llamado tiene un límite temporal. La higuera representa a la humanidad; sus frutos son los frutos de la fe y la fidelidad a los mandamientos de Dios. Dios Padre representa al dueño de la viña, y los tres años simbolizan las visitas que permanentemente Él realiza a nuestras vidas a través de la palabra y de las personas que simbolizan en la actualidad a los patriarcas y profetas. El viñador es Jesús, así mismo, son viñadores todos aquellos que proclaman su Palabra y aquellos que, con sus oraciones, interceden por los pecadores para que no sean arrancados de la viña y puedan dar fruto. La expresión: “Señor, déjala todavía este año”, significa la paciencia y misericordia sin límites de Jesús para con todos, porque Él no quiere la muerte del pecador, sino, su conversión.

  1. Meditación

Queridos hermanos: ¿cuál es el mensaje que Jesús nos transmite a través de su Palabra?

La conversión mediante el arrepentimiento es el fruto que Dios espera de nuestra reflexión. Por ello, aceptemos que la conversión es una gracia que debemos pedir a Dios con humildad; pero, a la vez, debemos mostrar nuestra plena disposición para alcanzarla. En este sentido, invoquemos la luz del Espíritu Santo para evitar el egocentrismo y la soberbia, así como para interpretar los acontecimientos de nuestras vidas, con el fin de identificar las causas que originan nuestras conductas contrarias a los mandamientos de Dios.

El ser humano tiende a juzgar a los demás: cuando alguien sufre, buscamos explicaciones en sus acciones. Nos cuesta aceptar que el mal no siempre es consecuencia directa del pecado personal. Jesús cambia la perspectiva: en vez de mirar la culpa ajena, miremos nuestro propio corazón.

La higuera estéril representa a quienes reciben la gracia de Dios pero no responden. ¿Cuántas veces Dios nos ha dado oportunidades? ¿Cuántas veces nos ha regado con su Palabra, esperando frutos de santidad? Y sin embargo, seguimos estériles, postergando el cambio, resistiéndonos a dejar atrás el pecado. Pero hay esperanza: el viñador intercede, pide tiempo, trabaja la tierra, da cuidados. Dios no es un juez implacable, sino un Padre paciente. Pero el tiempo es un don, no un derecho. ¿Qué pasará si seguimos indiferentes, si no aprovechamos este “año más” que Dios nos concede? Hoy, la Cuaresma nos llama a despertar. No esperemos a que la vida nos sacuda, no esperemos un golpe para volver a Dios. Respondamos ahora, con prontitud, dando frutos de conversión.

¡Jesús, María y José nos aman!

  1. Oración

Oh, Dios, autor de toda misericordia y bondad, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor el reconocimiento de nuestra pequeñez y levanta con tu misericordia a los que nos sentimos abatidos por nuestra conciencia.

Altísimo Señor, te agradecemos por todas las personas que, con su oración, interceden por mí para que no sea arrancado de la viña y tenga la oportunidad de dar frutos de fe.

Amado Jesús, Amor de los amores, mira con bondad y misericordia los corazones de los moribundos y lleva al cielo a todos los difuntos, especialmente, a aquellos que más necesitan de tu misericordia.

Madre Santísima, Madre de la Divina Gracia, intercede ante la Santísima Trinidad por nuestras peticiones. Amén.

  1. Contemplación y acción

Contemplemos la paciencia de Dios. Él es el viñador que no se cansa, que cava alrededor de nuestra vida, que no nos abandona en nuestra esterilidad. Esta es la Cuaresma: un tiempo más, una oportunidad, un llamado. ¿Responderemos?

Hoy, miremos nuestra vida y preguntemos: ¿Qué frutos espera Dios de mí que aún no he dado? ¿Qué áreas de mi vida siguen infértiles, sin conversión? ¿Estoy aprovechando el tiempo que Dios me da, o lo postergaré hasta que sea tarde? Hoy me comprometo a hacer un examen de conciencia serio: identificaré un pecado o actitud que debo cambiar y tomaré un compromiso concreto para empezar a dar frutos.

Hermanos: contemplemos a Dios con un escrito de San Cipriano:

«¡Qué grande es la presencia de Dios! Lo vemos actuar con una paciencia sin igual, tanto con los culpables como con los inocentes, con los fieles como con los impíos, con los que son agradecidos como los que son ingratos.

Para todos ellos los tiempos obedecen a las órdenes de Dios, los elementos se ponen a su servicio, los vientos soplan, las fuentes manan, las cosechas crecen en abundancia, el racimo madura, los árboles rebosan de frutos, los bosques verdean y los prados se cubren de flores.

Aunque tiene el poder de vengarse, prefiere esperar pacientemente largo tiempo y diferir, con bondad, para que, si es posible, con el tiempo se atenúe la malicia y el hombre retorne de nuevo a Dios, según lo que Él mismo nos dice en estos términos: “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y viva”. Y también: “Convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”.

Ahora bien, Jesus nos dice: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Con estas palabras nos enseña que, hijos de Dios y regenerados por el nuevo nacimiento celestial, alcanzaremos la cumbre de la perfección cuando la paciencia de Dios Padre resida en nosotros y la semejanza divina, perdida por el pecado de Adán, se manifieste y brille en nuestros actos.

¡Qué gloria ser semejantes a Dios!; ¡qué dicha tener esta virtud digna de las alabanzas divinas!».

¡El amor todo lo puede! Amemos, que el amor glorifica a Dios.

Oración final

Gracias Señor Jesús porque tu Palabra nos conduce por caminos de paz, amor y santidad.

Espíritu Santo ilumínanos para que la Palabra se convierta en acción. Dios glorioso, escucha nuestra oración, bendito seas por los siglos de los siglos.

Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Amén.

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