SANTA MÓNICA
«Ustedes ya están limpios por la palabra que les he anunciado. Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes» Jn 15,3-4.
Oración inicial
Santo Espíritu de Dios, Amor del Padre y del Hijo, ilumínanos con tus dones para que podamos comprender los tesoros de la sabiduría que Jesús nos quiere revelar en este día.
Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Ave María Purísima, sin pecado concebida.
- Lectura
Lectura del santo evangelio según san Mateo 23,27-32
En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que se parecen a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están repletos de hipocresía y crueldad. ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que edifican sepulcros a los profetas y ornamentan los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas!” Con esto atestiguan en su contra, que son hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmen también ustedes la medida de sus padres!».
Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
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«A ti recurrimos, paciente Santa Mónica, madre de San Agustín, que con tanta esperanza y oración alcanzaste la apertura de tu hijo a la bondad de Dios, en quien encontró la felicidad que tanto había buscado en los placeres del mundo.
Tú, que sabes lo que padece una madre para encauzar la vida de sus hijos hacia Dios y su santa voluntad, intercede por las madres de hoy, para que puedan tocar el corazón de sus hijos y ayudarles a descubrir que solo Dios puede colmar su sed de amor, de libertad, de felicidad.
Ruega por los hijos alejados de Dios que se ilusionan con realizar su vida apoyándose solo en sus capacidades y, dejándose arrastrar por las seducciones que el mundo les ofrece, no encuentran la paz y la alegría del corazón. Alcanza para todas las madres la gracia de atraerlos a Dios con la paciencia, la espera humilde y el respeto amoroso» (Oración a Santa Mónica para obtener la fe para los hijos que están alejados de Dios).
Hoy celebramos a Santa Mónica, madre de San Agustín. Ella vivió ejemplarmente su misión de esposa y madre. Logró la conversión de su esposo y también la de uno de sus tres hijos: San Agustín, quien era el mayor de ellos. Nació en el año 333, en Tagaste. San Agustín consideraba a su madre como la fuente de su cristianismo; por ello, decía que su madre “lo engendró dos veces”. Santa Mónica murió en el año 387 cuando intentaba regresar con San Agustín a África.
Estamos en Jerusalén. El Templo respira fiesta y estamos en la recta final del ministerio de Jesús, cuando su palabra se vuelve espada que separa apariencia de verdad. En este tramo de los “ayes”, el Maestro denuncia dos máscaras: el brillo de los sepulcros blanqueados y la solemnidad de edificar los sepulcros de los profetas mientras se perpetúa el rechazo a la Palabra.
Culturalmente, el “blanqueo” no era capricho estético: antes de las peregrinaciones festivas se señalaban con cal las tumbas para evitar la impureza ritual por contacto con un cadáver (cf. Nm 19,16). La Mishná recoge esta práctica de marcar los sepulcros en los preparativos públicos previos a las fiestas; el fin era proteger a los caminantes —en especial a los sacerdotes— de contaminaciones inadvertidas.
La imagen es punzante: lo blanco por fuera podía esconder huesos y podredumbre por dentro. Socialmente, el honor público y la reputación piadosa tenían gran peso; el riesgo era convertir la piedad en escaparate.
- Meditación
Queridos hermanos: ¿cuál es el mensaje que Jesús nos transmite a través de su Palabra?
Cuántas madres viven atribuladas porque sus esposos e hijos transitan por caminos equivocados. Santa Mónica, ejemplo de madre sabia, perseverante en la fe, invita a todas estas madres a no desalentarse, sino a ser perseverantes en la misión de ser esposas y madres, confiando en Dios y aferrándose a la oración, pidiendo siempre la intercesión de Nuestra Santísima Madre María.
Nuestro Señor Jesucristo continúa llamando a la coherencia entre nuestro interior y el comportamiento que exhibimos cotidianamente. Jesús señala que lo primero está en nuestro interior, en nuestro corazón y que nuestra conducta, es decir, lo exterior, es producto de nuestros sentimientos.
Lamentablemente, la actitud de los letrados y fariseos se observa también en la actualidad. Muchos hermanos confiesan ser cristianos, pero defienden ideologías que provienen de la oscuridad, que intentan destruir a la familia, atentan contra la vida del niño por nacer, defienden la eutanasia y están a favor del libertinaje sexual y de los pecados capitales. Ante esta grave realidad, nos toca a nosotros promover los preceptos cristianos a través de la Palabra, que es una fuente de purificación y que también conduce a la experiencia personal con Nuestro Señor Jesucristo, al igual que la Santa Eucaristía, la adoración al Santísimo Sacramento, la oración y las obras de misericordia.
En este sentido, tengamos siempre presente lo que nos dice Nuestro Señor Jesucristo en Juan 15,3-4: «Ustedes ya están limpios por la palabra que les he anunciado. Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes».
¡Jesús, María y José nos aman!
- Oración
Oh, Dios, consuelo de los que lloran, que acogiste con misericordia las piadosas lágrimas y ruegos de santa Mónica en la conversión de su hijo San Agustín, concede la gracia de la conversión de esposos e hijos, a todas las madres que te lo imploran.
Amado Jesús, con una plena disposición a seguirte, fortalece con tu Santo Espíritu nuestros esfuerzos para que nuestra conducta diaria sea coherente con tus enseñanzas.
Amado Jesús, que en ti habita toda la plenitud de la divinidad, mira con bondad y misericordia a las almas del purgatorio, y permíteles alcanzar la vida eterna en el cielo.
Madre Santísima, Madre de la Iglesia, intercede ante la Santísima Trinidad por nuestras peticiones. Amén.
- Contemplación y acción
Entra con Jesús al patio del alma. Mira tus muros: blancos, regulares, correctos. Él se detiene, apoya la mano, te mira sin reproche y dice: “Abramos.” Detrás del enlucido pueden aparecen miedos, autoengaños, durezas; también deseos nobles, tal vez, casi asfixiados. No huyas; deja que su luz recorra la estancia hasta el fondo. No es un fiscal; es Médico misericordioso.
Te propongo lo siguiente: renuncia a “poses” piadosas (comentario, publicación, gesto) y sustitúyelas por actos ocultos de caridad. Si hay alguien herido por ti, da el primer paso, antes del altar, el abrazo (Mt 5,23-24). Dedica 10 minutos a meditar Sal 51 y Ez 36,25-26, pidiendo un corazón nuevo. Si hace falta, acude al sacramento; deja que Cristo te limpie por dentro.
Permanece luego en silencio, como Mónica en su oratorio: lágrimas que no maquillan, que riegan. Repite suavemente: “Señor, sin cal y sin máscaras”. Y escucha: “Te doy un corazón nuevo”. Entonces el blanco será luz desde dentro.
Hermanos contemplemos a Dios a través del relato de San Agustín sobre una conversación con su madre, Santa Mónica:
«Estando ya inminente el día en que había de salir de esta vida – que tú, Señor, conocías y nosotros ignorábamos -, sucedió lo que yo creo, disponiéndolo tú por tus modos ocultos, que nos hallásemos solos yo y ella, apoyados sobre una ventana, desde donde se contemplaba un huerto o jardín que había dentro de la casa, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de las turbas, después de las fatigas de un largo viaje, cogíamos fuerzas para la navegación.
Allí solos conversábamos dulcísimamente y, olvidando las cosas pasadas, ocupados en lo porvenir, nos preguntábamos los dos, delante de la verdad presente, que eres tú, cuál sería la vida eterna de los santos, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre concibió. Abríamos anhelosos la boca de nuestro corazón hacia aquellos raudales soberanos de tu fuente – de la fuente de la vida que está en ti – para que, rociados según nuestra capacidad, nos formásemos de algún modo una idea de algo tan grande.
Y llegó nuestro discurso a la conclusión de que cualquier deleite de los sentidos carnales, aunque sea el más grande, revestido del mayor esplendor corpóreo, ante el gozo de aquella vida no sólo no es digno de comparación, sino ni siquiera de ser mencionado. Levantándonos con un afecto más ardiente hacia el que es siempre el mismo, recorrimos gradualmente todos los seres corpóreos, hasta el mismo cielo, desde donde el sol y la luna envían sus rayos a la tierra.
Y subimos todavía más arriba, pensando, hablando y admirando tus obras; y llegamos hasta nuestras almas y las sobrepasamos también, a fin de llegar a la región de la abundancia que no se agota, en donde tú apacientas a Israel eternamente con el pasto de la verdad, y la vida es la Sabiduría, por quien todas las cosas existen, tanto las ya creadas como las que han de ser, sin que ella lo sea por nadie; siendo ahora como lo fue antes y como lo será siempre, o más bien, sin que haya en ella un fue ni será, sino sólo es, por ser eterna, porque lo que ha sido o será no es eterno.
Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella, llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando; y, dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu, regresamos al estrépito de nuestra boca, donde el verbo humano tiene principio y fin, en nada semejante a tu Verbo, Señor nuestro, que permanece en sí sin envejecer, y renueva todas las cosas».
¡El amor todo lo puede! Amemos, que el amor glorifica a Dios.