«Porque todo el que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido» Lc 14, 11.
Oración inicial
Santo Espíritu de Dios, Amor del Padre y del Hijo, ilumínanos con tus dones para que podamos comprender los tesoros de la sabiduría que Jesús nos quiere revelar en este día.
Madre Santísima intercede ante la Santísima Trinidad por nuestra petición. Ave María Purísima, sin pecado concebida.
- Lectura
Lectura del santo evangelio según san Lucas 14,1.7-14
Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer; y ellos lo observaban atentamente. Notando que los invitados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te inviten a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan invitado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que los invitó a ti y al otro y te dirá: “Cédele a este tu sitio”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al contrario, cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga quien te invitó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido». Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes ni a los vecinos ricos porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».
Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
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«Busquemos carísimos hermanos, cuáles son los bienes de la humildad. La humildad es siempre atrayente y activa, acariciadora en las amistades, sosegada en los altercados; no la ensalzan los acontecimientos prósperos, no la cambian los adversos; no requiere servicio, no estafa; por oficio es anterior al saludo y la última en sentarse… En consecuencia, es necesario que pleguemos nuestro ánimo para que, aplastada toda huella de soberbia, se aplaquen los odios. Así sucederá que el hombre del puesto más humilde llegue al más alto y, remunerado con el honor adecuado, conquiste la gracia del poder celestial» (Valeriano de Cimiez).
Lucas nos sitúa en una comida sabatina en casa de «uno de los principales fariseos» (Lc 14,1). En la cultura mediterránea del siglo I, la mesa era escenario social: los lugares marcaban honor y jerarquía. El sábado reunía piedad y fiesta; pero, como en otras escenas, sobre la mesa late la tensión entre misericordia y rigor. Antes de las enseñanzas, Jesús ha curado a un hombre con hidropesía (Lc 14,2-6): el bien no queda en lista de espera, ni siquiera el día santo.
En ese ambiente, Jesús observa cómo eligen los primeros puestos (Lc 14,7). La sociedad de la reciprocidad —invitar para ser invitado, dar para recibir— se convierte en escuela del yo. El Maestro pronuncia dos enseñanzas breves. La primera retoma la sabiduría de Prov 25,6-7 (no te encumbres en presencia del rey): la humildad evita la vergüenza y abre espacio a la gracia (cf. Lc 18,14). La segunda subvierte la lógica del intercambio: «Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos» (Lc 14,13-14).
- Meditación
Queridos hermanos: ¿cuál es el mensaje que Jesús nos transmite a través de su Palabra?
El Evangelio hoy nos sienta a la mesa del corazón. ¿Cuál asiento busco? Jesús no ofrece urbanidad: revela el estilo de Dios. «Todo el que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido» (Lc 14,11; cf. Mt 23,12). La humildad no es encogerse: es verdad habitada por Dios (cf. Flp 2,5-8). El último lugar no es condena, es umbral: allí el Padre reconoce a los suyos.
La segunda enseñanza rompe el círculo del intercambio. Invitar a quienes no pueden pagar convierte la casa en sacramento del Reino. Lucas canta esta lógica en otros pasajes: «Hagan el bien y presten sin esperar nada» (Lc 6,35); el buen samaritano (Lc 10,25-37) paga y no pregunta por devolución; la mesa del Padre tiene sitio para todos (Lc 14,15-24). Santiago advierte: «si hacen acepción de personas, cometen pecado» (St 2,1-4.9). Y la hospitalidad cristiana se vuelve liturgia de lo cotidiano: «no olviden la hospitalidad, algunos hospedaron ángeles» (Heb 13,2).
El drama contemporáneo no es distinto: competimos por visibilidad, organizamos agendas para rentabilidad, escogemos la mesa por afinidades. Jesús nos propone una conversión de etiqueta: del “qué me aporta” al “a quién levanta”. El último lugar evangeliza: coloca la mirada en el otro y el corazón en Dios. El banquete sin trueque sacramentaliza la esperanza: la recompensa no es un retorno social, sino el beso del Resucitado en la pascua definitiva (Lc 14,14). Así, la Iglesia —esposa del Cordero— aprende a celebrar como su Señor: desciende para elevar, incluye para sanar, sirve para reinar (cf. Mt 20,26-28). La mesa de Cristo huele a pan y a gratitud, nunca a cálculo.
¡Jesús, María y José nos aman!
- Oración
Dios todopoderoso, que posees toda perfección, infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre y concédenos que, al crecer nuestra piedad, alimentes todo bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves.
Padre eterno: te pedimos que nosotros, siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo y con el auxilio del Espíritu Santo, podamos eliminar de nuestro corazón todo vestigio de orgullo y egoísmo, y que florezca la humildad, transformándonos en personas sencillas. Permite que siempre busquemos relacionarnos con personas en forma gratuita y desinteresada, procurando siempre el bien de ellas, sin esperar nada a cambio.
Amado Jesús: concédenos buscar siempre tu voluntad para discernir cómo debemos actuar, que debemos decir. Tú nos has dicho que estamos en el mundo, pero que no somos del mundo, porque te pertenecemos solo a ti por tu Redención.
Amado Jesús, justo juez, por tu infinita misericordia, concede a las benditas almas del purgatorio la dicha de sentarse contigo en el banquete celestial.
Madre Santísima, Madre de la Divina Gracia, intercede ante la Santísima Trinidad por nuestras peticiones. Amén.
- Contemplación y acción
Imagina la sala. Sillas en fila, miradas que calculan. Entra Jesús, toma una toalla (cf. Jn 13,4-5) y señala el lugar más bajo. Allí arde una luz mansa. Te mira: «Amigo, sube más arriba» (cf. Lc 14,10). No por mérito, sino por gracia. La humildad abre una grieta por donde Dios pasa.
Permanece en silencio. Deja que el Evangelio te proponga los siguientes gestos concretos: en la próxima reunión, cede tu asiento, tu palabra, tu turno; escucha primero. En la semana, invita o atiende a alguien que no puede devolverte (enfermo, migrante, vecino solo); hazlo sin fotos. Cada mañana, ofrece a Dios una silla vacía en tu mesa por los ausentes; al final del día, pregúntate a quién incluiste. Revisa un sesgo concreto (ideología, apariencia) y decide un encuentro reparador.
Quédate mirando el Pan: el Hijo tomó el último lugar en la cruz y el Padre lo sentó a su derecha (Flp 2,9-11). Repite: “Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”. Deja que la atracción del Reino te incline hacia abajo: allí comienza el ascenso verdadero.
Hermanos: contemplemos a Nuestro Señor Jesucristo con uno de los escritos de San Pío de Pietrelcina:
«La humildad es la verdad, y la verdad es que yo no soy nada. Por consiguiente, todo lo bueno que tengo viene de Dios. Pero a veces malgastamos lo bueno que Dios ha puesto en nosotros.
Cuando veo a la gente que me pide algo, a veces ni pienso en lo que podría darles, sino en lo que no soy capaz de dar, y, por tanto, muchas almas quedan sedientas porque yo no he sabido transmitirles lo que Dios les quería dar.
La idea de que el Señor viene cada día a nosotros y nos da todo, nos tendría que llevar a la humildad. Sin embargo, pasa lo contrario porque el demonio despierta en nosotros sentimientos de orgullo. Esto no nos honra. Hay, pues, que luchar contra nuestro orgullo. Cuando parece que no podemos, paremos un instante, hagamos un acto de humildad. Entonces, Dios, que ama los corazones humillados, vendrá en nuestra ayuda».
¡El amor todo lo puede! Amemos, que el amor glorifica a Dios.